Santiago no es precisamente una ciudad que se caracterice por sus magníficas construcciones arquitectónicas de los años de la conquista como lo son las ciudades de México o por sus miles de habitantes como lo es la capital argentina de Buenos Aires, pero hay que decir que la ciudad entre cerros en la que vivimos, está llena de barrios que han marcado su historia, desde que se fundó, hasta el día de hoy. Y es que no solo la contaminación que aqueja a la urbe, es la que nos permite escribir sobre ella, ya que es necesario recalcar las calles, como San Diego, que hacen de Santiago, una ciudad con historia y tradición.
El llamado centro capitalino, no solo alberga entre sus vías la casa presidencial, La Moneda, sino que reúne una serie de calles que, día a día, juntan a miles de ciudadanos que realizan sus diferentes actividades, desde hace varios años.
Ubicado entre la Alameda y la Gran Avenida, en la comuna de Santiago y a un costado de la casa central de la Universidad de Chile, la que es una de las pocas construcciones que han perdurado con el tiempo, el barrio San Diego se localiza en el radio de la ciudad.
Junto con encontrarse en el centro santiaguino y en cercanías con lugares importantes dentro de la capital, el barrio adquirió protagonismo por su gran potencial económico, tanto de producción como de ventas, albergando bajo su área a grandes locales comerciales
De esta forma en los años 70, San Diego se convirtió en un icono de la historia capitalina, siendo un referente comercial para aquellas personas que no tenían una vía directa con el gran comercio, y para aquellas, que veían en este barrio, una gran oportunidad de crecimiento económico
Y así, al más puro estilo barcelonés, San diego, con galerías y negocios, buscó llenar las necesidades de las personas, vendiendo artículos de autos, bicicletas, instrumentos musicales o incluso ropa.
Pero sin duda lo que más caracteriza a este barrio son los libros. Por años la mayor actividad económica que se ha relacionado con esta calle con la compra venta de libros usados o nuevos, que llaman la atención de los jóvenes que día a día llegan preguntando por algún texto escolar o universitario, e incluso de los mayores que esperan encontrar en este lugar algún clásico de la época que los haga recordar sus años mozos.
Eso bien lo sabe Luís Rivano, escritor, quien lleva más de 50 años en el sector y quien posee más de 3 librerías a lo largo de la calle, por esto es reconocido en el lugar y es uno de los más grandes libreros de la capital. Y se ve que es un grande en los libros, cuando se acerca un cliente diciendo que fue alumno de uno de sus mejores amigos y que anda buscando un texto del ya fallecido profesor, y este lo mira y le dice que no posee el texto, pero que lo puede encontrar en tal librería, bajo tal editorial y a cierto precio.
Y es que Luís es así. Conoce cada rincón del barrio, la gente que lo frecuenta, los días que hay más clientes y sobre todo sabe la importancia que tuvo el barrio, todo lo que este fue y como este funcionaba, como cuando la Plaza de Almagro, que albergaba el Terminal de buses, convocaba a gente, tres veces más de la que hay ahora en un día y una hora pick.
Y son muchos más los recuerdos que guarda la gente del barrio. Cuando la gente recorría esta calle y el barrio Franklin, otro sector de auge del comercio, y las ventas volaban por las nubes.
Así, la calle perpendicular a la Alameda, se trasformó en uno de los lugares más emblemáticos, para las personas que querían satisfacer sus faltas por medio de las compras que realizaban recorriendo todo el centro de la ciudad.
Pero no todo fue alegría para quienes vivían de lo que generaba este barrio.
Como muchas cosas que surgen de improviso o por error, la calle San Diego se originó gracias al simple echo de que las calles tenían el sentido de tránsito en dirección sur a norte, lo que fue un plus en el desarrollo, ya que favorecía el ingreso directo de las personas, lo que implicó un crecimiento en el comercio de este lugar.
La gente tuvo más facilidades para llegar al lugar y para poder manejarse dentro de las calles que rodean el sector.
Hasta ahí todo parecía bien, pero como todo sube, luego cae, con el cambio de dirección, San Diego perdió su grandeza y se convirtió con el pasar de los años en un barrio solo de recuerdos, pero que con el pasar de los últimos años a tomado cada vez mayor fuerza, como si se negara a perder el espíritu comercial que lo caracteriza.
Así lo demuestran las últimas instalaciones que se han efectuado en el lugar, como por ejemplo la inauguración de tiendas como Ripley o el llamado Mall Chino.
Y es que cuando recorremos la calle San Diego, desde Alameda hasta Santa Isabel, son múltiples los locales que encontramos en el caminar, los que, sabemos, ofrecen una gama de variedades.
Sin embargo, los pequeños negocios que identifican lo que fue el barrio San Diego, son, sin duda, los que mas han visto opacados con la aparición de tiendas comerciales que se han puesto en el lugar, las que han llegado con un aire de renovación pero también de cambios drásticos.
Lo dice la gente y también algunos comerciantes del sector, que llevan años instalados ahí con sus puestos y locales, que la idea de poner centros comerciales como Ripley, La Polar o el Centro Comercial Chino, ha significado un deterioro en el barrio.
Que estos centros han provocado que se pierda la verdadera esencia del barrio, él que se caracteriza, según sus mismas palabras, por ser un espacio donde la gente camina al aire libre, mirando las vitrinas de las tiendas, entablando conversación con los vendedores, los que ayudan a los clientes a encontrar lo que buscan, a diferencia de lo que ocurre en las multitiendas, en donde la cercanía entre vendedor y comprador no existe y en donde el consumismo es lo primordial, aunque reconocen que en época de crisis no le harán el quite a la gente que estas tiendas puedan convocar.
Por el contrario, aquellos que trabajan en estas tiendas no entienden el porque del descontento entre los comerciantes, si con la llegada de estos mall’s, el comercio ha aumentado, ya que las personas se acercan mucho más al barrio, pero de igual manera entienden que las los venderos antiguos se hayan sentido invadidos con la llegada de ellos.
Y algo que todos aseguran y que no pueden negar, es que estos grandes locales, les ha traído cada vez más clientela, lo que ha permitido que el barrio se mantenga vivo y no se pierda en el olvido.
San Diego, pasó de ser un barrio importante para la capital y la economía, ha ser un lugar olvidado por muchos para convertirse, finalmente en un sector de tradición y de historias, que no solo posee entre sus calles a personas que tiene algo que contar, sino que lugares que tienen algo que dar.